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Más allá de las dinámicas: qué necesita realmente una persona para facilitar reuniones y grupos

Facilitar reuniones

Cada vez hay más personas que, sin ser facilitadoras profesionales, necesitan acompañar conversaciones grupales (o sea, facilitar reuniones). Responsables de equipo, coordinadoras, docentes, personas de recursos humanos o direcciones de organizaciones que, en un momento u otro, se encuentran delante de un grupo intentando construir acuerdos, ordenar ideas, facilitar una decisión o sostener una conversación difícil.

Cuando ya hemos pasado por esta situación algunas veces sin preparación y vivido las consecuencias, empezamos a anticipar un poco la conversación y es fácil ir rápidamente a chatGpt (o al apartado de recursos de esta web) a buscar dinámicas.

¿Cómo romper el hielo? ¿Qué ejercicio puede ayudar a priorizar? ¿Cómo hacer que participe todo el mundo? ¿Qué técnica utilizar para evaluar una reunión?

Y está bien empezar por ahí. Las dinámicas son herramientas valiosas. Ayudan a estructurar las conversaciones, generan participación y ofrecen recursos para trabajar con los grupos. Quienes nos dedicamos a la facilitación seguimos buscando nuevas metodologías, aprendiendo estructuras participativas y ampliando constantemente nuestra caja de herramientas.

Pero las dinámicas, por sí solas, no facilitan conversaciones.

Facilitar también es un oficio

Existe cierta tendencia a simplificar la facilitación. A veces se presenta como una colección de técnicas que basta con aprender y aplicar. Sin embargo, la experiencia nos ha enseñado que facilitar se parece mucho más a un oficio. Y como cualquier oficio, requiere, para empezar, conocimientos:

Comprender cómo funcionan los grupos, conocer las distintas etapas por las que atraviesan los equipos, entender las dinámicas de poder, reconocer los roles que aparecen de forma informal o saber diseñar procesos que hagan emerger la creatividad y sabiduría colectiva es la base de la facilitación.

De la misma manera que una persona arquitecta no diseña un edificio haciendo cuatro líneas, una persona facilitadora tampoco improvisa una conversación compleja con cuatro post-its. Detrás de una sesión aparentemente sencilla suele haber muchas horas de estudio, preparación y práctica.

De hecho, una de las paradojas más bonitas de este oficio es que improvisar bien requiere haber estudiado mucho.

Cuanto mayor es el conocimiento sobre procesos grupales, comunicación, conflicto o toma de decisiones, mayor es también la capacidad para adaptar un diseño cuando el grupo lo necesita.

Porque los grupos nunca siguen exactamente el guion que habíamos imaginado.

Cuando el conocimiento deja de ser suficiente

Sin embargo, llega un momento en el que el conocimiento técnico ya no basta para explicar por qué dos personas facilitadoras, utilizando exactamente la misma dinámica, obtienen resultados completamente distintos.

La diferencia rara vez está en la herramienta (si se aplica de la misma manera).

Suele estar en la forma de leer lo que está ocurriendo mientras la conversación sucede.

Una misma pregunta puede abrir un espacio de reflexión profundo o quedarse en una respuesta superficial. Un silencio puede convertirse en una oportunidad para que aparezca algo importante o vivirse con tanta incomodidad que alguien lo llene inmediatamente. Un desacuerdo puede transformarse en aprendizaje o cerrarse demasiado deprisa por miedo a que genere tensión.

La metodología es la misma. Lo que cambia es la manera de intervenir.

El grupo también nos facilita a nosotras

Cuando estamos facilitando solemos poner toda nuestra atención en el grupo. Observamos quién habla, quién permanece en silencio, cómo circula la palabra o qué conversaciones están apareciendo. Tiene sentido que estemos atentas a lo que ocurre, para dar voz a quien no la tiene (o limitar una que está ocupando mucho espacio), observar si un silencio o una risa en determinado momento está explicando algo del proceso, comprobar el nivel de energía del grupo para verificar si hace falta un descanso..

Pero, al mismo tiempo, también están ocurriendo muchas cosas dentro de nosotras.

Quizá aparece la necesidad de que la sesión salga bien cuando vemos que alguien se opone a un ejercicio. Quizá nos cuesta sostener un conflicto que nos rememora situaciones del pasado de nuestro rol de participante en otros grupos, o de procesos que hemos facilitado y quizá no han salido como esperábamos. Tal vez sentimos la tentación de convencer al grupo de que nuestra propuesta es la mejor o nos incomoda tanto el silencio que intervenimos antes de tiempo.

Otras veces descubrimos que determinadas personas despiertan en nosotras reacciones automáticas: nos impacientan, nos generan simpatía o rechazo, o hacen que dejemos de escuchar con la misma apertura.

Todo eso también forma parte de la facilitación.

Desde el Trabajo de Procesos se suele decir que los grupos hacen visibles aspectos del sistema que necesitan ser atendidos. A veces también hacen visible algo de quien facilita. Cada grupo acaba señalando aquellos lugares desde los que todavía reaccionamos más de lo que elegimos intervenir. Los grupos, como nuestros peques, pueden ser grandes maestros.

Por todo eso, desarrollar el rol de facilitador implica también desarrollar capacidad de observación sobre una misma.

El trabajo personal no consiste en ser perfecta

Hablar de trabajo personal puede generar equívocos. No se trata de convertirse en una persona que nunca duda, que siempre mantiene la calma o que ha resuelto todos sus conflictos.Tampoco consiste en aspirar a una neutralidad imposible, sino más bien tiene que ver con cultivar la capacidad de darse cuenta de lo que está ocurriendo dentro de una misma mientras acompaña un proceso grupal.

Detectar cuándo estamos reaccionando desde el miedo, cuándo aparece la necesidad de controlar o cuándo estamos interpretando lo que sucede antes de haberlo comprendido.

Ese pequeño espacio entre lo que sentimos y la forma en que decidimos intervenir marca muchas veces la diferencia.

Como plantea Otto Scharmer,

«La calidad de los resultados que obtenemos depende de la calidad de la atención desde la que actuamos».

En facilitación, esa atención no solo se dirige al grupo; también se dirige hacia quien está facilitando.

El criterio: donde se encuentran las herramientas y la presencia

Con los años he llegado a la conclusión de que una buena facilitación nace del encuentro entre tres dimensiones que se necesitan mutuamente:

La primera es el conocimiento. Comprender cómo funcionan los grupos, estudiar metodologías, aprender a diseñar procesos y construir una buena caja de herramientas.

La segunda es la experiencia. Haber acompañado equipos distintos, haber cometido errores, haber visto aparecer patrones una y otra vez y desarrollar el criterio que solo da la práctica.

Y la tercera es el trabajo personal. La capacidad de observar cómo nuestras emociones, creencias, automatismos o necesidades influyen en la manera en que intervenimos.

Ninguna de estas dimensiones sustituye a las otras. Las herramientas, por sí solas, no bastan. La presencia, sin conocimiento, tampoco. Y la experiencia necesita seguir alimentándose de estudio y reflexión para no convertirse en mera repetición.

Quizá por eso la facilitación nunca termina de aprenderse, no por nada nos llamamos El Camino del Elder 😉

Las dinámicas pueden descargarse de internet. Los modelos pueden estudiarse en un libro. Desarrollar el criterio para saber cuándo utilizar una herramienta, cuándo modificarla y cuándo dejarla a un lado para escuchar lo que el grupo necesita es un aprendizaje mucho más lento.Y, probablemente, ese sea el verdadero oficio de facilitar.

El segundo paso

Si has llegado a este artículo y lo has leído hasta aquí, ya has dado el primer paso para encarnar bien el rol de la facilitación: preguntarte qué puedes hacer mejor.

El segundo paso es no dejar de hacértelo.

Porque el criterio no aparece de un día para otro. Se construye sesión a sesión, grupo a grupo, observando lo que ocurre en los equipos, aprendiendo de la experiencia y cultivando también la capacidad de observarte a ti misma mientras facilitas.

En la dinámica que compartimos este mes, El mapa previo de la facilitación, encontrarás una herramienta sencilla para preparar con mayor intención la próxima sesión que tengas que acompañar. Un pequeño ejercicio para empezar a mirar más allá de la agenda y de las dinámicas.

Y si sientes que quieres profundizar en este oficio, comprender mejor cómo funcionan los grupos y desarrollar el conocimiento, la experiencia y el trabajo personal que requiere la facilitación, te invitamos a descubrir FyE Online: La facilitación al servicio de los equipos. Una formación pensada para quienes quieren ir más allá de las herramientas y aprender a acompañar conversaciones, decisiones y procesos colectivos con mayor criterio, confianza y consciencia.

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